viernes, 3 de diciembre de 2010

Cuando empezamos la vida, la empezamos y con muy pocas obligaciones, ir al jardín, saber sumar, restar multiplicar y dividir, saber leer, saber escribir y saber jugar, compartir y cantar. Juramos lealtad a la bandera, nos comprometemos a una religión y cumplimos sus pasos, juramos devolver los libros de la biblioteca, juramos devolverle el lápiz del compañero. Pasa el tiempo y crecemos, crecemos y crecen las obligaciones, las promesas, la confianza. Juramos lealtad a nuestros amigos, a nuestros compañeros y aprendemos a sobrellevar las mentiras que a veces son necesarias a nuestros padres. Después es cuando crecemos mas, y ahi nos van abordando los compromisos, hacemos votos y depende de nosotros cumplirlos, fallarlos o dejarlos fallar. No hacer daño, decir nada más que la verdad, amarse y respetarse hasta que la muerte nos separe.

Comenzamos a darnos cuenta de que absolutamente toda la gente que te rodea y la que no también, quiere un pedazo tuyo, hacemos pequeños votos, juramentos y de repente nos vemos invadidos, inundados en obligaciones y cosas para hacer y rehacer. Así que hacemos lo que cualquier persona haría, huir, huimos por un segundo de nuestras promesas y cerramos los ojos esperando que por arte de magia las olviden.Cerramos los ojos y pensamos en el como sería, pensamos en dejar todo.

Pero siempre tendemos a volver, tendemos a volvernos fuerte, a alzar la cabeza y tratar de poder, tratar de querer poder y a veces descubrimos que las obligaciones que parecen tan tediosas, y a las que mas le tememos, no merecen en lo absoluto que huyamos de ellas, porque así aprendemos a vivir.

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